Jesús,
el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó
a la diestra del trono de Dios.
Hebreos 12:2
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Cuando el Señor estaba en la tierra experimentó muchas tristezas y penas,
pero también hubo situaciones en las que pudo regocijarse. Por ejemplo, experimentó el gozo del buen Pastor que va tras
la oveja perdida hasta encontrarla. “Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso” (Lucas 15:5). Hoy
en día el Salvador sigue alegrándose por cada pecador que se arrepiente, es decir, aquel que al depositar su fe en él pasa
a pertenecerle. En Mateo 13:44 tenemos la parábola del tesoro que “un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso
por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo”. El campo es el mundo y el tesoro es el conjunto de los
que iban a ser salvos: la Iglesia. Se regocijó hasta tal punto que estuvo dispuesto a vender- lo todo, es decir, sacrificar
su vida en la cruz para adquirir ese tesoro. Hebreos 12:2 dice respecto al Señor Jesús: “por el gozo puesto delante
de él sufrió la cruz”. El pensamiento de ser castigado por Dios en la cruz a causa de nuestros pecados y luego morir
como paga del pecado, fue para él, el santo y justo, el único ser sin pecado, en extremo penoso. ¡Pensemos en su oración en
el huerto de Getsemaní! Pero para honrar a su Dios y salvar a los pecadores iba a soportar la cruz. Sabía que, después de
cumplir la obra de salvación, resucitaría y ocuparía el lugar de honor en “la magnífica gloria” de la presencia
de Dios.
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